Mi abuelo no era una persona que se caracterizase por hablar demasiado. Le gustaba escuchar, quedar en segundo plano, tras la alegre cháchara de mi abuela. Lo recuerdo sentado en una silla en el salón (nunca, jamás se sentaba en el sofá...el lugar más cómodo era para los invitados) casi siempre con los brazos cruzados encima de su tripa, y su gesto serio pero cordial. Sin que nos diésemos cuenta desaparecía, y cuando volvía siempre lo hacía acompañado de una tapa de caña de lomo, jamón, o queso. Mi padre es, prácticamente, un clon de mi abuelo en lo que a comportamiento se refiere...o al menos lo era. Ahora, mi abuelo jamás habla, jamás se mueve del sillón en el que el miedo al Mundo en general lo recluye. Pero nos sigue recibiendo a todos con una sonrisa y un brillo especial en los ojos, que muestra que se alegra tanto o más de vernos que antes.
Mi recuerdo favorito con mi abuelo se sitúa hace ya unos siete, quizás ocho años atrás. Paseábamos todos por mi pueblo, un día cualquiera de un mes otoñal. Cruzábamos la feria, totalmente vacía en esa época. Él iba a mi lado, callado. Yo tampoco soy especialmente conversadora, así que ambos nos sentíamos bien caminando en silencio.
De pronto, mi abuelo se fijó en el nombre de una de las casetas: La niña bonita. La señaló, diciendo:
- ¡Mira, esa es tu caseta, ¿no?! La niña bonita, como tú...
Mi abuelo no era un hombre de piropos, y yo lo sabía. Solo pude reír y sonrojarme.
Nada me apena más que no poder hablar relajadamente con mi abuelo, un hombre con más de nueve décadas, de su vida. De su infancia, de su primer trabajo, de cómo era nuestra ciudad en su juventud...es una espinita que tendré clavada para siempre.
Me gustaría pensar que cuando mira fijamente la misma página del periódico durante horas, su mente se encuentra en su playa de Mazagón, en la que tantos buenos momentos ha pasado, uno de sus sitios favoritos en el mundo.