viernes, 1 de mayo de 2015

Mi Ena



Ella convirtió un día que para mí podría haber sido gris oscuro en un fantástico crisol.

¿Alguna vez habéis conocido a una persona que con solo su mirada y su sonrisa hayáis tenido la certeza de que es alguien totalmente único? Con ella me pasó. Por alguna extraña razón (puede que porque solo compartí con ella aquel emocionante día) no recuerdo su nombre, y eso hace que su recuerdo me guste aún más. Cada vez que pienso en ella me sonrío, no puedo evitarlo. 
Para contaros la historia, la llamaré D.

D era una conocida del amigo del que era entonces mi pareja. mi novio no la conocía y el amigo de mi novio, apenas, tampoco...pero se le notaba a leguas, con solo mirarlo, que D le fascinaba. Casi le avergonzaba hablar con ella, a veces tartamudeaba, y eso que era uno de los muchachos más resueltos que he conocido jamás. 
D brillaba. irradiaba una luz difícil de describir. Tenía el pelo negro, liso y muy largo. Sus ojos eran oscuros y muy rasgados, su nariz fina, sus pómulos anchos. Era una mujer alta, bastante más que yo, pero de complexión delgada. No era demasiado curvilínea, pero su cuerpo podría resultar atractivo a cualquiera. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención de ella, eran sus movimientos, semejantes a los de un felino (siempre tiendo a comparar a las personas con animales, y ella, sin duda, era un gato negro) y sus gestos al hablar, tan armoniosos como su voz...
Nunca una mujer había hecho que me embobase mirándola, pero no lo pude evitar...durante todo el día. Puede que ella se diese cuenta...pero también puede que estuviese acostumbrada. 

D se percató enseguida de que yo tenía un mal día. Justo después de decirme con una sonrisa su nombre y darme un par de besos rápidos, me preguntó si sabía patinar (a lo que contesté afirmativamente, señalando mis patines, tirados en el césped junto a uno de los muchos árboles del parque en el que nos encontrábamos) y me invitó a dar un paseo, a alejarnos de allí, que ya estaba harta del ruido. Al parecer no le hacía especial ilusión el concierto al que habíamos venido.

- ¿Te gusta el reggae? -me preguntó, mirándome de reojo mientras patinábamos, una al lado de la otra, a una velocidad prudente.
- Para nada -sonreí avergonzada- ni a mi novio ni a mi nos gusta lo más mínimo, pero...bueno, estábamos aburridos, y como venía su amigo, me insistió y...
- No tienes ganas de estar aquí, ¿verdad?
- La verdad es que hubiese preferido taladrarme los dedos de una mano a la pared.
D rió. Sus carcajadas fueron uno de los sonidos más bonitos que he escuchado nunca.
- Bueno, no des aún el día por perdido. Podremos arreglarlo. Yo tampoco he venido muy convencida. Pero por alguna razón aquí estamos -me miró, aún sonriente, y yo me sentí mucho mejor-. No pegas con tu novio para nada. 
- ¿Qué? ¿Por qué? Él también hace bromas de un gore bastante gráfico y que a nadie le hacen gracia.
- No lo conozco...pero lo he visto. Vuestros caminos ni si quiera se parecen.

Su respuesta me dejó tan desconcertada que le dio tiempo a cambiar de tema antes de que yo le contestara que no se metiera de lleno en asuntos tan íntimos porque me sentía un poco invadida por una persona a la que había conocido hacía tan solo una hora. ¿Lo había visto? ¿Qué quería decir con eso?

- ¿Qué sientes cuando patinas? -preguntó levantando una de sus finas cejas.
- Libertad, supongo. Llega un punto en el que los patines son una extensión de mi cuerpo. No me los quitaría jamás. 

Estuvimos un buen rato en silencio, disfrutando del aire fresco que nos acariciaba mientras patinábamos, cada vez a más velocidad. Luego, ella me sugirió que descansásemos bajo la sombra de una de las muchas encinas del parque. 

No dejó desde aquel momento de hacerme preguntas asombrosamente extrañas. Nunca antes había hablado con una persona que me hiciese pensar tanto sobre mis propios pensamientos, sobre mis sueños, mis ideales y mis costumbres. Ella quiso leerme por dentro. No se conformó con la imagen que todos damos a los recién conocidos...sentí que me desnudaba el alma, y que me gustaba que lo hiciera. A la vez, ella respondía sus propias preguntas, mostrándose, sin reservas. 

- Me gustas -dijo mientras el sol se ponía por el horizonte, tras ella. Nos habíamos llevado todo el día solas, y ni si quiera me acordé de que habíamos venido con un grupo bastante numeroso de personas que probablemente nos estuvieran buscando -no en el sentido sexual de "gustar", sino más bien espiritual. ¿Te extraña?

No podía extrañarme. Yo sentía lo mismo. Y no me daba pudor que una mujer, por primera vez en mi vida, me dijes que le gustase. Ella no fue, en ningún momento para mi desde que empezamos a hablar, un ente carnal. Fue, solamente, alma. 
Se despidió de mi ya entrada la noche, poco después de reencontrarnos con los demás. Me cogió una mano con las dos suyas, y me sonrió. 

Jamás volví a verla. Y tuvo razón en todo.

PD: gracias a Ena por haberme ayudado, desde su inexistencia, a sacar de mi recuerdo la esencia de mi querida D, de la que tanto aprendí aquel día...

domingo, 5 de abril de 2015

Mi sol.


Este es uno de mis recuerdos favoritos desde que tengo uso de razón.

Tres años y algunos meses atrás. 
Había pasado una mañana horrible. Mi madre y yo habíamos discutido por cualquier tontería de esas que hacen que en dos minutos estemos, prácticamente, tirándonos de los pelos. Normalmente, en esa situación, daba un portazo y me encerraba en mi cuarto, y pasaba la mañana tumbada en mi cama, mirando el techo color vainilla, esperando encontrar una solución al problema más grande de mi vida, sin apenas esperanzas. Sin embargo, aquel día no: ya tenía mi propio refugio, o eso pensaba yo. Un amigo de verdad, alguien que comprendía mi alma y mis incoherencias. "Quizás estoy confiando demasiado en que sepa como  consolarme...lo conozco desde hace poco...". Borré eso de mi mente, pensaba que podía ayudarme, y que su sola presencia me aliviaría...así que me puse una camiseta de "Guns n Roses", la más raída y fresquita que tenía, y cogí el autobús, y luego el metro...
Él me esperaba a la salida. Me sonrió y me acompañó a su casa, a la que yo aún no sabía llegar sola. 

Dejó que soltase al demonio por la boca, que gritase, que llorase a mares, que hiciese gestos horribles y exagerados con las manos mientras caminaba de un lado a otro de su habitación. Estaba enfadada y frustrada, solo quería que me escuchase, y fue lo que él hizo. Después, me abrazó, acunó mi cabeza sobre su pecho, con delicadeza, diciéndome que no pasaba nada...y yo me lo creí, porque me di cuenta de que si él me abrazaba así, no solo no pasaba nada, sino que yo era la persona más feliz del Universo.

Esa fue la primera vez que sentí que mi corazón no cabía en mi pecho por todas las cosas que yo sentía por Jon.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Olas


Mi abuelo no era una persona que se caracterizase por hablar demasiado. Le gustaba escuchar, quedar en segundo plano, tras la alegre cháchara de mi abuela. Lo recuerdo sentado en una silla en el salón (nunca, jamás se sentaba en el sofá...el lugar más cómodo era para los invitados) casi siempre con los brazos cruzados encima de su tripa, y su gesto serio pero cordial. Sin que nos diésemos cuenta desaparecía, y cuando volvía siempre lo hacía acompañado de una tapa de caña de lomo, jamón, o queso. Mi padre es, prácticamente, un clon de mi abuelo en lo que a comportamiento se refiere...o al menos lo era. Ahora, mi abuelo jamás habla, jamás se mueve del sillón en el que el miedo al Mundo en general lo recluye. Pero nos sigue recibiendo a todos con una sonrisa y un brillo especial en los ojos, que muestra que se alegra tanto o más de vernos que antes. 

Mi recuerdo favorito con mi abuelo se sitúa hace ya unos siete, quizás ocho años atrás. Paseábamos todos por mi pueblo, un día cualquiera de un mes otoñal. Cruzábamos la feria, totalmente vacía en esa época. Él iba a mi lado, callado. Yo tampoco soy especialmente conversadora, así que ambos nos sentíamos bien caminando en silencio. 

De pronto, mi abuelo se fijó en el nombre de una de las casetas: La niña bonita. La señaló, diciendo:

- ¡Mira, esa es tu caseta, ¿no?! La niña bonita, como tú...

Mi abuelo no era un hombre de piropos, y  yo lo sabía. Solo pude reír y sonrojarme.

Nada me apena más que no poder hablar relajadamente con mi abuelo, un hombre con más de nueve décadas, de su vida. De su infancia, de su primer trabajo, de cómo era nuestra ciudad en su juventud...es una espinita que tendré clavada para siempre.

Me gustaría pensar que cuando mira fijamente la misma página del periódico durante horas, su mente se encuentra en su playa de Mazagón, en la que tantos buenos momentos ha pasado, uno de sus sitios favoritos en el mundo.